INOCENCIA INTERRUMPIDA
Mi historia de supervivencia al abuso sexual infantil
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Mi Historia (1a parte)

"No hay mayor agonía que la de cargar un cuento sin contar." -Maya Angelou

Tuve una infancia incestuosa. Estoy consciente de que este hecho puede incomodar a muchas personas, pero es mi historia y mi vida y como parte de mi proceso de sanación, he decidido ponerla en palabras y compartirla, aunque sea anónimamente. Les pido disculpas si a ratos suena un poco confusa, pero mis pensamientos y recuerdos muchas veces están fragmentados y tengo más de alguna laguna mental.

Mi primer beso fue con el hermano de mi padre, un hombre que en ese entonces tenía más de cuarenta años y que tuvo que pararme sobre su cama para poder alcanzar mis labios con los de él. En ese entonces yo tenía tan sólo ocho años. Y durante los dos años que seguirían a este desconcertante evento, él continuó abusando sexualmente de mí, despojándome de mi inocencia con actos cuyos recuerdos hasta el día de hoy me obsesionan y avergüenzan.

Todo comenzó como un inocente juego, con caricias afectuosas, con regalos y tentadoras propuestas e invitaciones que cualquier niña de esa edad quisiera recibir. Y de hecho, en un comienzo, disfruté no sólo de la compañía y regalos de mi tío, sino que también de todos los novedosos "juegos" que él ideaba. Era nuestro secreto, éramos cómplices de nuestros actos, y cuando él no me buscaba a mí era yo quien andaba tras él.

Aún no logro dilucidar en qué momento estos juegos pasaron a ser "inapropiados". Aún me pregunto qué tanta culpa tuve yo, considerando que nunca opuse ningún tipo de resistencia y que siempre accedí sin quejarme a todo lo que él me pedía y proponía. Sí tenía muy claro cuáles eran los "juegos" de los que disfrutaba y cuáles eran los que sencillamente me desagradaban, pero nunca me negué a nada. Y hoy, mirando el pasado en retrospectiva, no debiera haber disfrutado de ninguno de ellos.

Me pesa que a los ocho años ya me habían tocado todo lo que me podrían haber llegado a tocar, había tenido varios orgasmos y experiencias de sexo oral y que a los nueve ya había perdido mi virginidad. Me he sentido tremendamente avergonzada y culpable por estos hechos durante toda mi vida. Yo era sólo una niña. Él me ultrajó, me violó, me despojó de toda dignidad y se aseguró de que uno de los recuerdos preponderantes de mi infancia fuera con un pene gigante en mi boca, uno que me provocaba arcadas y que no me dejaba respirar.

Jamás voy a lograr olvidarme del día en que perdí mi virginidad. Como siempre, fue un día domingo, después del almuerzo en la casa de mis abuelos paternos. El día estaba precioso y todos mis primos se bañaban en la piscina. Yo estaba "saliendo de un resfrío", y por órdenes de mi mamá tenía que estar vestida a la sombra, o dentro de la casa. Mi tío no perdió la oportunidad de invitarme a su pieza, con las mismas tentadoras ofertas de siempre: la televisión, los juegos, las rondas, las cremas y los perfumes. Pero esa vez fue distinto. No hubo preámbulo. Comenzó a tocarme sobre mi vestido y a frotar su pene contra mi cuerpo. Cuando ya estaba tendida sobre su cama con las piernas colgando, me bajó mis calzones y me penetró. Muchas veces. Demasiadas. Recuerdo el dolor, la sensación de partirme en dos, las silenciosas lágrimas que intentaba esconder y el ardor que sentía entre mis piernas y que se prolongó durante varios días.

Esa fue la primera vez en mi vida que me violó. La primera de muchas que seguirían, semana tras semana, casi todos los domingos. Recuerdo que a pesar de que siempre luchaba por mantener mis calzones puestos, no siempre me salía con la mía. Aún no entiendo por qué este hecho era tan relevante para mí, pero me sentía menos vulnerable si los tenía conmigo, aunque fuese entre mis piernas o mis tobillos. Aunque nunca fue un impedimento para que mi tío abusara de mí, me daba una falsa sensación de seguridad. Sentía que aunque perdiera la guerra por lo menos había ganado la batalla.

Pero no sólo perdí muchas batallas, sino que también la guerra. Él logró despojarme de mi virginidad, de mi tan preciada pureza y de la posibilidad de vivir una vida normal a mis tiernos ocho años. No tenía refugio de los secretos asaltos contra mi cuerpo y él me robaba mi inocencia poco a poco, domingo tras domingo. Yo no vivía en un mundo en el que era seguro contar mi historia. No había nadie con quien desahogarse, nadie a quien recurrir, ni siquiera un Dios en el cual pudiera sentir amparo.

A medida que fui creciendo, mi verdadero yo quedó enterrado bajo las torcidas mentiras de mi infancia. Cada toqueteo, cada beso, cada penetración me transmitía inciertos mensajes sobre quién era y sobre quién podría llegar a ser en este mundo. Me sentía insignificante, equivocada, mala, desvalorizada y terriblemente usada, y creía que si sólo me hubiese portado mejor, que si sólo hubiese sido una "buena niña", no estaría pasando por todo esto...

Aunque esta historia es algo que he conocido a un nivel "intelectual" durante toda mi vida, recién hoy, a mis 25 años, he comenzado a reconectarme con mis sentimientos y a llevar este conocimiento a un nivel más emotivo. Hace algunos meses decidí enfrentarme a mi incestuoso pasado, el que había negado y reprimido durante más de 15 años. Y recién ahora en que estoy empezando a lidiar con mi historia de abuso es que me doy cuenta de cuánto me ha afectado.

Fueron muchos los motivos que me llevaron a dar este paso: recuerdos y pesadillas que ya no me daban tregua ni siquiera en mis escasas horas de sueño, una inhabilidad de proyectar mi vida con la mochila que cargo a cuestas, la cercanía de plazos que inevitablemente se cumplirían y los consejos de dos personas a las que considero tremendamente sabias en sus distintos ámbitos de acción. Después de mucho meditar y rezar, y con el incondicional apoyo de ellos, me decidí a seguir una terapia.

Pero no ha sido fácil aceptar que debo retroceder y analizar mi pasado para poder avanzar y superar todas mis trancas. Examinar minuciosamente mi infancia ha sido para mí motivo de gran dolor y me aterra saber que finalmente tengo que enfrentarme a los fantasmas que me han perseguido durante gran parte de mi vida. Sin embargo, sé que esta es la única manera de hacer las paces con mi incestuosa historia.

Actualmente, no pasa un día sin pensar en mi historia de abuso y sin preguntarme qué habría sido de mi vida, de mi persona, sin este horrible pasado. Pero mi última esperanza es que sea este mismo sufrimiento, este mismo trauma, el que me empuje y anime a crecer y a reencontrarme con mi verdadero yo.

Pero hay veces en que pierdo toda esperanza. No es fácil estar continuamente desenterrando y descubriendo nuevas heridas, y hay días en que me siento absolutamente agobiada por todo el trabajo que tengo que hacer sólo para sentirme y aparentar ser una persona "normal". Siento que mi recuperación está a años luz de distancia, y muchas veces pareciera que es más fácil rendirse y dejarlo todo hasta aquí. La imagen de la mujer de caracter fuerte y decidida a la que aspiro llegar a ser algún día, se aleja cada vez que creo estarme acercando a ella.

¿Cómo se supone que debo abordar la titánica tarea de transformar las ruinas en las que estoy convertida en oro? ¿Cómo puedo vivir esa vida de grandeza de la que todos hablan y que yo sólo puedo imaginar si cada día que pasa las voces en mi mente me hacen sentir el poco valor que tengo? ¿Cómo puedo transformar esos pensamientos destructivos que me formé durante años de abuso en unos que me acerquen a la vida que siempre he deseado, la vida que aún creo no merecer? ¿Cómo, después de todo lo que he vivido, puedo aprender a creer y a confiar?

Sólo Dios sabe... ese mismo Dios que permitió que mi infancia fuera un disimulado infierno...

Santiago de Chile
Agosto de 2007

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